Antes de arrancar a contar mi historia, me parece importante aclararles que no sé si voy a ser capaz de transmitir el horror que sentí cuando me pasó lo que voy a contar. Así que sientanse privilegiados de que solo haya un testigo, que es este “loco” que le está escribiendo a un blog.
Yo soy camionero, de tercera generación. El año que viene me jubilo.
Mi historia tiene lugar en la ruta 7, esa que va desde la provincia de Buenos Aires hasta Mendoza. Hasta el día de hoy no es un camino amigable para manejar de noche, así que imagínense lo que era eso hace veinte años atrás. Dejaba a mi mujer y a mi hija, que en ese entonces tenía meses de nacida, para emprender viaje un mínimo de tres veces al mes, ausentandome por largos días. Mis compañeros sabrán de qué hablo.
Desde muy chico aprendí todas las cábalas, todos los rituales y las supersticiones que giran en torno a las largas horas en la ruta, ya sea por protección o para tener buena suerte. Lo cierto es que nada de eso me sirvió nunca para una mierda.
Yo apenas arrancaba a trabajar. La empresa me exigía viajar solo. Al principio me daba miedo viajar por esas carreteras detonadas y tremendamente oscuras, y con el pasar de los meses, me acostumbré.
Corría el mes de Julio. Frío y humedad por todos lados. Ni hablar de la niebla en los caminos. Era de noche, así que me eché al costado del camino para poder descansar un rato. Según el cronograma, estaba bastante bien y el tiempo me lo permitía. Apagué las luces, dejé las ventanas cerradas y dejé la calefacción encendida.
No se bien que hora era, pero calculo que era pasada la media noche, cuando me despertó de una manera brusca un piedrazo en el parabrisas. Enojado, agarré el trabavolantes y salí a ver quién estaba rompiendo las pelotas.
No sería la primera vez que otro colega me jugaba una broma.
Le di la vuelta al camión por el lado de afuera, pero no vi a nadie. Me volví a subir y prendí las luces para tratar de ver más allá de la neblina. Empecé a escuchar un silbido que venía de afuera, de la parte de atrás del vehículo. El ruido se acercaba. Era un silbido simple, sutil y prolongado. Se callaba y volvía a silbar. Así lo escuché varias veces. En eso, vi por el espejo del costado a un hombre de pelo lacio hasta el hombro, alto y muy flaco. Vi que para caminar se agarraba de las paredes del container, como si le costara.
En ese momento grité un insulto que, por educación, no lo voy a repetir. Me miró a través de ese espejo. Tenía la cara muy pálida y no tenía pupilas. Los ojos eran completamente blancos. Alcancé a ver que sonrió. Se acercó a mi puerta y por arte de magia, se esfumó. Me quedé paralizado. En eso escuché otra vez el silbido, y sentí como me soplaba en la nuca. Enseguida abrí la puerta del lado del acompañante y salí corriendo. A unos ochocientos metros había una casucha. Golpee la puerta desesperadamente.
Necesito ayuda, creo que estoy en peligro- Grité con el poco aliento que me quedaba. Me abrió la puerta una señora corpulenta, se notaba que era de campo.
¿Qué le pasa hombre? ¿Vió a un fantasma?- dijo con una risa forzada, como si intentara convencerse a sí misma de que eso era imposible. Pero cuando la luz de la vela iluminó mi cara, su sonrisa se desvaneció -¿Lo miró a los ojos? preguntó y su voz ya no sonó a burla, sino a resignación.
Asentí con la cabeza, tragando en seco. Acto seguido, me cerró la puerta de un golpazo.
Empecé a escuchar el silbido otra vez rodeando la casa y se acercandose a mi.
¡Váyase por favor!- Me gritaba la mujer.
Salí corriendo otra vez tan rápido como pude, pero me tropecé y me di la pera contra el suelo firme. Detrás de mí se seguía escuchando ese silbido acercándose. Sentí como se me paró en frente esa presencia. Cerré los ojos y traté de hacerme el muerto o algo así, pero estaba tan cagado en las patas que el corazón me golpeaba muy fuerte y temblaba. Esa cosa me pegó un manotazo en la cabeza y me agarró de una pierna. Me arrastró en sentido contrario al camino. Íbamos descampado adentro. No se veía casi nada. Solo lo que lograba iluminar la luna.
Empecé a llorar como un nene chiquito. Nos detuvimos. El hombre de ojos blancos me ató la pierna a un poste. Empezó a escarbar en la tierra con las manos como si fuera un animal. Yo trataba de no mirar, pero vi que sus manos ya no tenían carne, eran huesos. Cuando terminó, me tiró en ese pozo y empezó a echarme tierra encima.
Me quería enterrar vivo. Ahí me di cuenta de que tenía que hacer algo si quería salir vivo. Me paré y noté que el pozo era más profundo de lo que pensaba. Pegué unos saltos hasta que me pude sujetar para salir. Empecé a arrastrarme para poder escapar. Estaba casi congelado y no tenía fuerzas. Ese ser otra vez empezó a silbar. Ese sonido me debilitaba las piernas, me hizo sentir mareado, y finalmente, sentí que ya me iba de este mundo. No podía hacer nada, así que lo que se me ocurrió fue silbar para responderle al flaco. Silbaba, y yo le respondía con otro silbido. Silbaba, y yo silbaba más fuerte. Se alejaba y silbaba, y yo me envalentonaba, y silbaba más fuerte todavía.
Me arrastré como pude y llegué a mi camión. Prendí la calefacción y arranqué. Me fui al carajo. No paré hasta llegar a Villa Mercedes.
Se hizo de día. Bajé en el paraje para aclarar la cabeza y comer algo. Cuando fui al baño, me miré la pierna, justo en donde me había agarrado aquel tipo en la ruta. Se me puso la piel verde. Tenía una infección que se me fué a los seis meses de aquel suceso después de varias recetas del médico.
Cuando le conté a mis compañeros, uno de ellos me advirtió:
Esa fue una de las tantas cosas raras que te va a pasar en la ruta. Una de las tantas que vas a vivir. Vas a tener que aprender a soportarlas y con el tiempo, ya ni las vas a contar.
Por desgracia, no se equivocó.
Trato de no pasar por la ruta 7, pero cuando no la puedo evitar, por las dudas, me la paso silbando todo el camino. Le toco bocina a la vieja que no me quiso ayudar, y la verdad, espero que esté bien.
Y así aprendí que en la ruta no solo se viaja, sino que también se sobrevive. Porque a veces, el único lenguaje que entienden los fantasmas del camino es el mismo que ellos usan para acechar: el silbador.








