Cartas peligrosas

 


Mi nombre es Carlos, o don Carlitos, para los que me conocen. Soy un señor ya entrado en años. Desde que tuve un accidente doméstico, vivo en un centro con unos compañeros maravillosos. 

No tuve nietos propios, por lo que cada vez que nos visitan los nietos de mis queridísimos amigos, no pierdo la oportunidad de contarles esta historia.


Esto pasó cuando era un adolescente. En mis tiempos no era una etapa como tal, sino que era la pre-escuela para la vida adulta. Ya le echábamos el ojo a alguna chica del barrio, la cual sería la futura madre de nuestros hijos. La chica que amaríamos y cuidaríamos para siempre.

Esa chica, para mí, era Haydeé. Era hija de unos árabes acaudalados, los cuales habían venido a invertir en el país. Su influencia era tal que habían logrado que la autopista tuviera bajada en uno de sus supermercados.

Yo era una persona muy tímida. Ibamos todos los chicos del barrio al mismo colegio. La veía siempre. Solía llevar un moño rosado en el cabello. Yo solo la observaba. Me sentaba atras para poder contemplarla desde la primaria.

Un buen día, me animé y me declaré. Le escribí una carta, la cual le llegó tras una cadena de manos que iban desde el fondo hasta la primera fila. Haydeé la leyó, se dió vuelta y me sonrió.



Al día siguiente llegaría la respuesta. Me escribió para que supiera que era correspondido. Esa noche no pude dormir. Recuerdo que di mil vueltas, pero simplemente la emoción no permitía la entrada al sueño. 



Mi sorpresa fue mayúscula cuando luego del fin de semana ella ya no había vuelto a la escuela. No sabía si nos habían descubierto sus padres, o si se habían ido de viaje. Temía que nos separaran. Veníamos de un mundo muy diferente. Yo era hijo de un humilde herrero y de una ama de casa. Estuve muy triste durante todo el mes. Sin noticias, pensé que no le importaba, y que, tal vez exagerando un poco, sus intenciones eran jugar con mis sentimientos.

El alma me volvió al cuerpo cuando llegó a mi casa una carta. La enviaba Haydeé. En ella me explicaba que su familia se había mudado de urgencia, debido a que su abuelo se encontraba en grave estado de salud. 

Recuerdo cómo creamos un vínculo muy fuerte a través de las cartas. En ellas nos prometimos esperarnos. Me había confirmado que teníamos el visto bueno de su familia entera. Nos escribíamos dos o tres cartas a la semana.

Cumplí veinte años y me gradué de maestro mayor de obras. Haydeé se graduó en comercio. Al ser la hija mayor, se encargaría de los negocios de la familia.

Justo al día siguiente de mi graduación, me propuso que comprara una casa para ir adelantándonos. El tiempo del reencuentro se acercaba. Lo único que tenía de ella era una foto, en la cual me mostraba que, aunque pasaban los años, seguía usando moño y seguía teniendo un rostro hermoso. Eso no era lo importante, pero aun así no podía dejar de mirarla.

                          

Saqué un préstamo en el banco y elegí la mejor casa del mejor barrio de la ciudad. Todo por ella. Juntos decidimos los colores de las paredes, el estilo de los muebles y hasta el color de las sábanas. Ya teníamos planeado el nombre de nuestros hijos.

Haydeé ya tenía fecha de arribo a Buenos Aires: 14 de abril del año corriente. Lamentablemente, justo para esa fecha tomé un proyecto muy grande en otra provincia. Como estaba lejos, se me hacía imposible ir a buscarla al aeropuerto. El proyecto consistía en realizar los planos de un centro comercial gigante. ambos convenimos en que si tomaba el trabajo, iba a ser mejor para arrancar una vida juntos. 

Haydeé contaba con una copia de la llave, la cual le había enviado por encomienda.

El proyecto iba a durar tres meses, pero terminó durando seis. En ese tiempo, seguimos en contacto. Nunca lo cortamos. 

Al finalizar, estaba mas que desesperado por ir a verla. Yo me quedaría en un hotel hasta que contrajeron nupcias, pero estaba muy entusiasmado por ver a mi futura esposa. 

Llegué a la casa y abrí la puerta. Sobre la mesita del costado de la puerta estaba su moño. Había un perfume indescriptible. Haydeé había llenado la casa de espejos y cuadros. Estaba muy bien decorada. Se notaba la presencia femenina con buen gusto.


Caminé hacia la cocina y estaba de espaldas. Llevaba un vestido rosado con flores bordadas. Cuando se dió vuelta, supe que era la mujer más hermosa que había visto en mi vida.

Ambos nos quedamos congelados, pero reaccionamos y nos dimos un abrazo muy fuerte.



Conversamos toda la noche y todo el día siguiente.

Ya teníamos fecha para la boda. Yo seguía viviendo en el hotel.

Me volvieron a llamar los empleadores del proyecto que había terminado, consultándome si estaba disponible para comenzar en otra ciudad. Yo lo único que quería era saber de mi prometida. Así que dije que no. Me volvieron a insistir. La propuesta vino directamente del dueño del proyecto, quien vino a verme al hotel. Lo vi llegar por la ventana. Por esas casualidades y misterios de la vida, era el padre de Haydeé. 


Abrí la puerta tan rápido como pude y me presenté. Lo invité a pasar. Luego de habernos tomado una taza de té, le comenté:

-Jamás me imaginé que era usted el dueño de los centros comerciales. Haydeé no me había dicho nada acerca de que ya no se dedicaban a los supermercados- Le dije.

-Es un proyecto que creamos hace tres años. No estaba en nuestros planes cambiar de rumbo en aquel entonces. Ya pasó mucho tiempo, y el gusto de los consumidores cambia a pasos acelerados- Me respondió don Ibrahim.-

-Por eso. La vi por última vez ayer.-

-¿A mi hija Haydeé? No hijo, es imposible. Haydeé se nos fué cuando ustedes iban al colegio.-

La cara se me puso pálida, y me recorrió un sudor frio que casi me tira al suelo.

-No, está equivocado. Mantuve el contacto con ella desde que volvieron a su país a cuidar a su abuelo. Ahora ella vive en la casa que está a la vuelta. Tenemos fecha para casarnos.-

-Jamás volvimos a mi país. Mi padre lleva fallecido más de medio siglo al día de la fecha. Nos quedamos en Argentina, en el sur, en uno de los campos. Mi esposa estuvo muy mal y el médico nos recomendó cambiar de aire.-

-Pero mire, don Ibrahim. Estas son sus cartas. Y acompáñeme, vea usted mismo. Vamos a la casa.- Entramos y dimos un recorrido. - Estos son los cuadros que colgó mientras trabajaba en el centro comercial.-

No me había fijado bien los cuadros. En el primero, había una niña mirando por la ventana. En el segundo, había una adolescente en un balcón con una carta en la mano. En el siguiente, la misma señorita estaba llorando en presencia de sus padres, quienes habían descubierto la carta. En la cuarta pintura, yacía una lápida a los pies de ese balcón. La misma tenía grabado: “Haydeé, nuestra hija querida”.



Aquellos cuadros parecían escenas de lo que había ocurrido. Don Ibrahim comenzó a llorar amargamente. Según los médicos, su corazón no aguantó, y falleció a los pies de ese último cuadro.

No fui capaz de deshacerme de nada. No podía creer lo que me había sucedido. Tenía el alma hecha pedazos. La vida que había construído en mi cabeza se desmoronó.

Yo hasta ese entonces había pensado que todos esos años me habían jugado una broma cruel y baja. Pero no. 

 

Seguí recibiendo las cartas de Haydeé. 

“Querido amor:

 Perdoname por no haberte dicho que ya no estaba en este mundo. 

Esperaba que nos pudiéramos unir a donde estoy yo. Estoy en un jardín enorme. Así como el que soñabas el otro día. 

Para demostrarte que sigo esperándote, te dejo nuevamente este moño. Es igual al que usé la primera vez que me viste.”

 

En efecto, yo había soñado con un jardín. Y esa carta venía con el moño que tenía la primera vez que la vi en primer grado. Además, esa era la letra de la primera carta que me había mandado al día siguiente en que me declaré.

 

Esa era ella, mandándome cartas desde el otro lado.

Por el amor que le supe tener, no le respondí más. La dejé descansar en paz. Con el tiempo, me dejó de escribir.

 

Sinceramente, a veces pienso en irme con ella. Ir al mismo balcón de su casa, la cual está abandonada, y pasar al otro lado. Trato de no pensar en eso. 

Así se me fueron los años. Viví esta vida sin vivirla, con ganas permanentes de pasar al otro lado. Nadie jamás creyó mi historia. Me internaron en este hospital psiquiátrico desde que intenté irme con Haydeé. Me quedé sin herramientas para pelear todo lo que se me vino en este mundo. Si me pongo a pensar, esas fueron cartas peligrosas.

EUGENESIA