Buenas noches. Quisiera contarles mi historia. Fui la protagonista de algo que si a mí me lo contaran, no lo creería.
Crecí en una familia muy humilde. Éramos tres hermanas. Mi mamá, sostén de la familia, era empleada doméstica. Mi papá había fallecido años atrás, y para sumar más al contexto, nuestra niñez transcurrió en los 2000.
Desde chiquita, mis mejores amigos siempre habían sido personas de la tercera edad. De hecho, hasta el día de hoy podría pasar horas escuchando los relatos de sus vidas sin cansarme. Siempre amé lo que tenían para decirme. No tuve la oportunidad de tener abuelos, pero la vida me puso varios de ellos.
La más importante de todas mis amigas fue doña Mari. Una señora muy adinerada que empleaba a mi mamá. Doña Mari había sido parte de mi vida desde que tenía uso de la memoria. Vivía sola desde que había enviudado. No tenía hijos ni nietos. Todos sus parientes habían fallecido.
Yo era muy amiga de la señora. Iba a dormir a su casa todas las semanas sin falta. Nos desvelábamos por lo general cantando, leyendo, y en su caso, narrando historias de su niñez.
Todo me parecía muy normal, hasta que llegué a la adolescencia. Me empecé a dar cuenta de que doña Mari era una persona muy ambiciosa, mezquina y hasta clasista. No fue hasta esa edad que supe de qué forma había hecho su fortuna. El abuelo había sido político hacía muchísimos años atrás. Eran personas que predicaban acerca de la esclavitud, la segregación por color y la expropiación de tierras a ciertas etnias. No quiero ahondar en detalles, puesto que no es el objetivo de mi carta.
Quiero aclarar que jamás fui rebelde ni pasé por esa etapa de creer que los mayores no sabían nada.
Con el tiempo, en ese paso de la niñez a la adolescencia, empecé a notar sus verdaderas intenciones. Cada vez que iba a su casa, antes del almuerzo o de la cena, me pedía algún favor. Me pedía que realizara tareas que eran muy pesadas para una nena. Todo el tiempo le hacía las tareas domésticas, y si no las hacía bien, me daba empujones o pellizcos.
Para dar un ejemplo, recuerdo que cierta vez hasta me pidió que lavara el inodoro o, de lo contrario, me mandaría a dormir con la panza vacía. Eso no era ni por asomo lo peor.
No podía salir con mis amigos porque la señora se enojaba. Me exigía tiempo y dedicación. Cuando dejé de ir a su casa con tanta frecuencia, me iba a buscar. A pesar de que vivía en una mansión con todos los lujos, yo ya no la quería ni ver. Corté esa rara amistad abruptamente.
Llegó mi cumpleaños número 22. Para ese entonces, mi mamá tenía un negocio propio el cual nos permitía subsistir. Doña Mari cayó de sorpresa en un taxi. Estaba muy desmejorada, y estaba en silla de ruedas. Esa noche me invitó a su casa. Me dijo que quería hablar conmigo, y que la disculpara si en algo me había ofendido. Al final, yo era lo más parecido a una nieta para ella. Accedí a ir por lástima.
Esa noche le toqué el timbre. La casa estaba muy oscura. Vi que se asomó por la ventana del piso de arriba y me hizo señas para que pasara. Solía dejar las llaves en un lugar que yo ya conocía.
Me dirigí hacia donde la había visto. Ella estaba ahí sentada. Estaba enojada y muy seria.
Sé que pronto ya no voy a estar más acá. Por eso, quiero hacer un pacto. Te pinchas el dedo con una agujita vos, y después me lo pincho yo, y así hacemos un lazo de sangre y un traspaso de herencia. Al fin vamos a poder llevar la misma sangre. Siempre te vas a acordar de mí.
Sus palabras eran raras. Mientras las decía, parecía furiosa. No sabía si tomármelo para bien o para mal. Opté por ser totalmente franca.
Usted siempre fue como una abuela para mí, hasta que me di cuenta de que yo siempre fui la hija de la mucama para usted. Yo la respeto mucho y me parece muy valioso todo lo que me enseñó- Eso le contesté.
Parece que te olvidas de lo mal que la pasó tu familia, y que la única que los apoyó fui yo. Y te olvidaste de las veces que viniste a comer a mi casa. Ahora que estoy cerca de la muerte necesito ayuda. Y parece que perdiste la memoria.
Discúlpeme, pero usted lo que necesita es un enfermero, o bien, un acompañante que la pueda asistir. Tiene medios como para poder ir a la mejor residencia del país.
Hay mucha gente que piensa como vos. Solo piensan en gastar, y después quieren vivir como yo sin hacer sacrificios. Mejor seguí tu camino. Sos muy desagradecida.
No sabía si estaba desvariando o si decía lo que realmente le parecía. Me afectó mucho lo que me dijo. Me puse a buscar residencias y empecé a hacer llamadas por todos lados para encontrar un enfermero o a algún profesional que la ayude. Sabía que doña Mari no metería a nadie en la casa, pero consideré que la circunstancia lo ameritaba.
Dos días después de ese hecho, recibí una llamada del abogado de la señora. Doña Mari había fallecido. Lo más loco fue que me había dejado la casa y cuentas bancarias en su testamento. A decir verdad, me sentí todavía peor, pero a su vez, era una salvación para mi familia y para mí.
Para no hacer la historia tan larga, nos mudamos. Nos instalamos en la mansión mis dos hermanas y yo y mi mamá. Cada una tenía su cuarto propio, por primera vez en la vida teníamos agua caliente, jacuzzi y piscina. Si bien me sentía muy culpable, tambien estaba muy agradecida.
La casa siempre estaba en silencio, y las noches eran una tortura. Ni una sola vez de las que permanecí en ese lugar tuve un descanso normal. Sentía que me tocaban los pies, el pelo, que me tiraban de las sábanas. A veces me despertaba porque sentía una presencia al lado de mi cama. Tengo que decir que nunca me cuadró la arquitectura de la casa. Mi habitación tenía una pared que aparentemente se pegaba a la cocina. Sin embargo, las puertas que conectaban esos dos ambientes estaban separadas por un pasillo muy largo.
Pasó alrededor de un año, cuando recibimos la visita de un señor. Este se presentó como Horacio, el hijo adoptivo de doña Mari y don Roberto. Nos comentó que la señora nunca lo quiso. Desde muy chico, recordaba maltratos y humillaciones.
Era una señora muy mala. Siempre buscó a quien explotar. Su objetivo era que le tuvieran lástima para manipular a la gente y tener mano de obra sin costo alguno. Me atrevo a decir que odiaba a las personas de bajos recursos. Miren. Esta foto es de una vez que fuimos a la playa. María Esther - Ese era el nombre de doña Mari – Me obligó a limpiar las tumbas de sus abuelos para pagar el viaje después de haber vuelto.
Este señor sacó una foto en blanco y negro en donde estaba doña Mari, su esposo y el niño efectivamente en la playa. Lo curioso era que los adultos estaban muy bien vestidos, pero la criatura estaba vestida con harapos y la cara llena de golpes.
Yo mismo renuncié a la herencia porque no quería saber más nada de esa señora.
Don Horacio, el presunto hijo de doña Mari, se enojaba cada vez más a medida que profundizaba su relato.
Por lo menos, me pude recibir de abogado y encontré a mi familia de sangre. Mis papás eran personas muy humildes que trabajaban acá, humillados solo por un plato de comida. De un día para el otro, les cerraron las puertas, y doña Mari no me dejó salir. Intentaron ir a la justicia, pero como siempre, ésta está a favor del dinero. No les puedo resumir treinta años en una hora… Pero pude vengarme. Recurrí a cosas ocultas para poder hacer un poco de justicia. Maldije su sangre. La encerré en su miseria para siempre.
El señor me tomó del brazo y las cuatro lo seguimos hasta mi cuarto. Abrió el placar de la pared que daba a la cocina y rompió el fondo de una patada. Dentro de esta pared había un cuarto extra que estaba muy sucio. En el centro, había una lona, con algo muy asqueroso que parecía un bulto de carne podrido. Esa cosa se movía y gemía.
¿Qué es esto? ¿Qué clase de abominación es esta? – Dijo mi mamá.
A lo que Horacio respondió:
Es la parte más podrida que tenía adentro. Se quedó anclada a sus cosas y le cumplí el deseo de no desprenderse de sus pertenencias nunca más. Ustedes parecen buenas personas. Váyanse antes de que la amargura de esta mujer las destruya. Usen el resto del dinero que dejó para comprarse algo en otro lado. Esto es solo el principio. Van a venir legiones enteras del infierno para atormentarla. Haría mil pactos más con el caballero negro para que no conozca la paz en lo que le resta de existencia al mundo.
La cosa tirada en el piso empezó a gemir aún más fuerte. Se empezó a sentir un olor putrefacto en el ambiente y se empezó a escuchar unos pasos que venían del piso de arriba. Nosotras cuatro salimos de la casa sin agarrar nada. Nos agarramos de las manos y salimos corriendo lo más rápido y lo más lejos que pudimos.
Discutimos por varios años que hacer con el dinero restante. Al final lo donamos. Hay cosas más importantes en la vida que tener una casa de arriba. Mis hermanas se convirtieron en médicas y yo en abogada. Mi mamá se volvió a casar con un hombre muy bueno. Nos fue bien después de todo.
Hasta hoy seguimos rezando por doña Mari. Imploramos que encuentre la luz y que Dios se apiade de su alma. Que sea liberada de esa venganza más allá de la muerte.
Autora: EUGENESIA