Queridos amigos, me llamo Rubén. Soy jubilado desde hace un tiempo. odos los lectores la historia paranormal que me sucedió hace ya mucho tiempo.
Yo era arquitecto. Trabajaba remodelando casas antiguas y edificios patrimoniales. Trabajaba en proyectos privados, y muchas veces, también para el gobierno.
Era un ateo empedernido. No creía en nada esotérico ni sobrenatural. La verdad, todo eso me parecía una estupidez.
Mi vida dió un giro cuando me asignaron un proyecto en la hermosa ciudad de Mar del Plata.
Me llegó la propuesta directamente del intendente. La paga era muy buena, me daban alojamiento y comida. No pude rechazar la generosa oferta.
El proyecto consistía en remodelar un hospital, ya que planeaban convertirlo en un centro de investigación.
Viajé en micro unas cuantas horas desde la Ciudad de Buenos Aires hasta llegar a destino.
Cuando arribé, en la terminal estaban esperándome el secretario del intendente y mis dos ayudantes asignados, Fito y Alberto.
El asistente nos llevó en auto hasta la locación del antiguo edificio. "El marítimo" lo llamaban los lugareños.
“Lamentamos la desprolijidad”, dijo el secretario. “Este además de ser el proyecto, será también su alojamiento. Lamentablemente no contamos con presupuesto para un hotel. Les pedimos paciencia aunque sea la primera semana. Igualmente les garantizo que tendrán todo lo necesario”. Traté de disfrazar la bronca y la frustración que sentí, pero el contrato aún era muy conveniente. Los tres aceptamos las condiciones. En este rubro, era muy común trabajar en situaciones precarias.
Cada uno tenía su habitación preparada. Era un edificio enorme. Para que tengan una idea, la superficie abarcaba como dos manzanas. Estaba muy maltratado y muy sucio, producto de la falta de mantenimiento.
El lugar estaba lleno de pasillos y habitaciones equipadas. Parecía un laberinto. La puerta de entrada daba a la calle, y las demás salidas daban al jardín.
Aunque había electricidad, había muy poca iluminación. Por lo que sabía, se había construído en el año 1893, y desde entonces, solamente se habían pintado las paredes y se cambiaron las baldosas del suelo. Había mucho por hacer.
Cayó la noche. Cenamos, apagamos todas las luces y nos fuimos a acostar.
Era increíble cómo soplaba el viento. Se oía cómo golpeaban las ventanas y cómo ese silbido viajaba por todo el edificio. A decir verdad, no me costó dormir. Yo no creía en fantasmas.
A la mañana siguiente, los muchachos y yo nos sentamos en el patio a desayunar.
“¿Pudieron descansar?. Yo no pegué un ojo en toda la noche. Este lugar es escalofriante”, dijo Fito, uno de los ayudantes. “Dicen que las paredes tienen memoria. ¡Y cuántas desgracias habrán sucedido en éstas!”. “Esas son historias para asustar a los chicos, Fito. Hay que temerle a los vivos”, le respondí. Fito era correntino. Tenía mucha imaginación y era muy creyente. “Terminemos de desayunar y empecemos con el informe de las observaciones, hay muchísimo trabajo”, dije luego.
Nos separamos para poder hacer la tarea más rápido.
Caminé solo por uno de los pasillos, observando y anotando. De día era todo muy calmo, ya no había viento. Lo único que se escuchaba eran mis pasos y el eco que se producía. Entraba a todas las habitaciones y las recorría minuciosamente. El sol entraba por las ventanillas que estaban a lo alto de las paredes. Llegué al segundo piso. Entre en la primera, la segunda, y luego a la tercera habitación. Cuando salí para meterme en la cuarta, me percaté de que ya se había ido el sol. Salí afuera para ver qué pasaba, y efectivamente, ya era otra vez de noche. Encendí una linterna que tenía en el bolsillo. Vi como las paredes externas de aquel hospital estaban llenas de huellas de manos de infantes. Las recorrí con la luz, y al llegar a dar la vuelta completa, vi a un señor alto, con un sobretodo y un sombrero negro. Estaba parado y me miraba fijamente. Tenía una mirada amenazante. Caminé en dirección a él, pero al dar los primeros pasos, desapareció.
Fui a la recepción para encontrarme con los ayudantes. “¿Qué hora tienen, chicos?”, pregunté.
“Son las nueve y cuarto”, me respondió Alberto.
Vi que llevaban en sus manos sus anotadores llenos de observaciones. Yo solamente había podido escribir cuatro líneas.
No dije nada. Temí ser objeto de burla. Cené sin cruzar palabra alguna con ellos. Pensé mucho, pero por más que le di mil vueltas al asunto, no encontré ninguna explicación.
Los muchachos se fueron a sus habitaciones, y yo, como no estaba cansado por razones obvias, me quedé solo.
El viento comenzó a soplar muy fuerte, silbaba por todos lados. Volví al pasillo en el que había estado para recrear la escena. No había nada fuera de lo común. Lo recorrí y llegué a la última habitación. El viento logró cortar la electricidad, y por ende, se apagó la poca luz que había. Igualmente en la habitación no había nada, solo una cama, como en todas las demás. Me senté en ella mirando hacia el pasillo, y vi como un niño vestido con camisón pasaba por allí lentamente. Salí a ver quién era, pero la figura ya no estaba. Seguí caminando rumbo al jardín trasero tratando de no hacer ruido. Si era una broma, quería atrapar al impostor. El silbido del viento se intensificó. Llegué al jardín, y vi al niño sentado al pie de una columna. Solo alumbraba la luz de la luna, pero alcancé a ver que estaba con el rostro sobre las rodillas. Cuando me acerqué, se levantó y corrió en dirección al edificio. “No cierres la puer…”, y antes de que terminara la frase, desapareció nuevamente. Fui a investigar. Si alguien estaba en las instalaciones quería saberlo.
Fui en la dirección en la que había corrido la criatura. Abrí la puerta y me adentré al interior. Caminé silenciosamente. El viento resoplaba, pero a medida que caminaba y penetraba todavía más al centro del hospital, me di cuenta de que aquello no era el silbido del viento, sino un llanto. Un lastimoso alarido como de un niño, que se hacía cada vez más fuerte y sonaba dentro de mi cabeza a la vez que me apretaba el corazón.
De una de las habitaciones salió aquel pequeño. Se acercó a mí y me tomó de la mano. Yo no podía hablar, estaba atónito. Su manito estaba fría. Me tironeaba para que me moviera. Me llevó al sótano.
Al bajar las escaleras, observé que me esperaban otros chicos con vestimenta similar. Aunque estaba todo oscuro, había un brillo sobre ellos. “Por favor, llevenos arriba”, dijo el que me tenía de la mano, pero sin abrir la boca. Se presentó en frente mio el señor vestido de negro. Me agarró del cuello y me apretó con una fuerza brutal. Intenté escaparme pero era inutil. Aquello no era humano. Los nenes me miraban muy tristes y asustados. Como pude, tomé la linterna que tenia en el bolsillo y le alumbré la cara. Era muy blanco, tenia los ojos completamente negros y era calvo, pero lo ocultaba con el sombrero. Este ser retrocedió. Cuando eso sucedió, los niños desaparecieron. Inmediatamente me sentí muy cansado. Caí sobre mis rodillas y no podía parar de llorar. Sentia mucha angustia. Intenté pararme, pero el hombre me agarró de una pierna para que no lograra escapar.
Me levanté y subí las escaleras usando las últimas fuerzas que me quedaban. Cerré la puerta de la morgue. Una vez en la planta baja, me pasó algo todavía más inexplicable. Sentí que se desprendía de mi esa pesadez. Recobré la fuerza. En plena oscuridad, escuché que el viento sopló una vez más, pero esta vez era como un coro de niños. Susurraron “gracias”. El sonido cesó.
Salí y me senté en el jardín. Me quedé ahí toda la noche. No podía creer lo que me había sucedido. Me sentía mal. Vomité varias veces y me quedé echado en la columna de afuera. Finalmente el cansancio me venció.
Tuve un sueño muy lúcido, en donde cientos de chicos corrían hacia el mar. Estaban jugando y se veían felices. Había un sol brillante. Se escuchaban carcajadas. Una de ellas me despertó. Tenía el brillo del sol en la cara. Ya era de mañana.
Entré y saludé a los ayudantes. “¿Pudo dormir anoche?”, me preguntó Fito.
“Uf…¡Si te contara!”, le respondí. “De dónde habrán salido tantas palomas?, y encima de noche”, me dijo. “¿Qué palomas?”, consulté. Fito me miró sorprendido y me explicó: “como a las once o doce de la noche, un rato después de que se cortara la luz, por el pasillo pasaron volando cientos de palomas blancas. Vinieron desde el salón del centro y salieron al jardín. Hacían ruidos como si se estuvieran riendo”.
Yo no les conté nada. No había asimilado lo sucedido todavía. “¿Saben qué me contó el secretario?. Acá funcionó el primer hospital de Argentina para chicos afectados por la epidemia de tuberculosis. Muchos chicos venían a curarse, pero la mayoría fallecía en el proceso. Fue una enfermedad terrible, muchos de esos angelitos no se fueron en paz”.
Cuando Alberto nos contó la historia, me cayó la ficha. El hospital aún guardaba la pena y el sufrimiento de aquella enfermedad.
No seguí adelante con el proyecto. Renuncié cuando volví a ver al funcionario. Esa fue la forma que encontré de respetar de alguna manera la memoria de los niños.
Con los años me fui formando con estos temas. Aquellos angelitos trataron de llamar mi atención para que los ayudara a salir de la morgue, ya que ellos no tenían fuerza para hacerlo. Necesitaban escapar del sufrimiento que una vez vivieron, y que luego se personificó en aquel hombre de sobretodo y sombrero.
Fito dijo que vio palomas, pero para mi fueron las almitas que volaban para descansar en paz. Aún queda mucho por hacer en la medicina. Ningún niño debería sufrir.
Hasta hoy, cada vez que sopla el viento, sigo escuchando el llanto de los niños.
EUGENESIA