En pleno siglo XXI, las grandes corporaciones tecnológicas han conseguido imponer una narrativa peligrosa: que el “desarrollo” todo lo justifica. Detrás de eslóganes vacíos como “innovación constante” o “experiencia optimizada”, se oculta una de las estafas más sofisticadas y silenciosas del capitalismo contemporáneo: la obsolescencia programada, el reciclaje fraudulento y un sistema donde consumir es obligación, y ahorrar, un privilegio cada vez más inalcanzable.
El ciclo es perverso. Cada año aparecen nuevos modelos de computadoras, teléfonos y electrodomésticos. A la par, los sistemas operativos y las aplicaciones aumentan artificialmente sus exigencias. Lo que funcionaba ayer, hoy se vuelve lento o directamente incompatible. No porque el hardware haya fallado, sino porque las reglas del juego se modificaron intencionalmente para dejarte fuera.
Este no es solo un problema técnico: es económico, social y profundamente político. ¿Quién puede cambiar de notebook cada dos años? ¿Quién accede a un celular que cuesta más que un salario mínimo? La clase media y los sectores populares quedan atrapados en una carrera forzada. Si no consumen al ritmo impuesto, quedan excluidos del trabajo, la educación y hasta de servicios básicos. Es una exclusión planificada, no una consecuencia colateral.
A eso se suma la falsa innovación. Muchos dispositivos que se venden como “nuevos” están fabricados con componentes antiguos, reacondicionados o con tecnologías ya superadas. Son diseñados para no poder ser reparados: sin repuestos disponibles, con baterías selladas, tornillos ocultos y software bloqueado. Todo pensado para evitar que repares. El mensaje no deja lugar a dudas: no intentes arreglarlo, comprá otro.
El resultado es claro: el mercado sabotea sistemáticamente la capacidad de ahorro. Lo que antes era una inversión a largo plazo, hoy es un gasto recurrente y obligatorio. ¿Cómo puede una familia construir estabilidad económica si cada dos años debe reemplazar su equipo tecnológico para no quedar afuera del sistema?
Y mientras tanto, los residuos electrónicos se apilan. Se exportan ilegalmente al sur global, contaminando suelos, ríos y comunidades. Niños extraen coltán y litio en condiciones inhumanas para sostener la ilusión de una modernidad que solo beneficia a unos pocos.
¿Ese es el desarrollo que queremos? ¿Uno que destruye el planeta, precariza a los trabajadores, excluye a los pobres y convierte cada avance en excusa para facturar más?
La tecnología debe ser una herramienta de inclusión, no un arma de exclusión. Existen alternativas: el derecho a reparar, el hardware libre, el software comunitario, la producción local, la educación digital crítica. Pero para llegar ahí, primero tenemos que dejar de tragarnos el cuento de que todo avance es progreso.
Porque si el desarrollo es solo para quienes pueden pagarlo, entonces no es desarrollo. Es una GRAN estafa.