Capítulo 7: El Legado del Olvido



La aurora apenas rozaba el horizonte cuando Lucía percibió el cambio. No fue un sonido ni una sombra, sino una sensación, sutil pero persistente, como si el hotel respirara algo que no era aire. Aunque el Espejo de los Condenados yacía sellado en los sótanos, una energía espectral se deslizaba por cada grieta, reacia al descanso.

La calma antes de la tormenta

Durante la mañana, el hotel se disfrazó de normalidad. La luz dorada acariciaba molduras agrietadas y tapices deshilachados, ocultando por un momento los ecos del pasado. Sin embargo, el crujido de la madera y un murmullo en las paredes recordaban que el silencio era solo una tregua.

En la biblioteca, Lucía se detuvo ante un retrato polvoriento. La figura retratada tenía una expresión amarga, cargada de resignación. Había algo familiar en ella, como si ese rostro olvidado exigiera ser recordado. Una víctima, quizás, perdida entre los pliegues del tiempo.

El regreso de los susurros

Al atardecer, Lucía recorrió los pasillos del ala antigua, acompañada por Horacio y Max. El perro, inusualmente callado, avanzaba tenso, como si percibiera una amenaza inminente. Horacio, más críptico que nunca, observaba los muros con una mezcla de nostalgia y recelo.

En una sala que creía enterrada en su memoria, Lucía halló un símbolo: un círculo de runas inscrito en la pared, latiendo con una energía muda. Aunque similar a las inscripciones del grimorio, tenía algo diferente… algo desesperado. Un eco de traición, tallado en piedra.

Con la llegada de la noche, los susurros se volvieron un clamor. Las sombras se estiraban como garras, y las voces, usualmente etéreas, gritaban en un coro angustiado. Una de ellas, femenina y temblorosa, suplicaba:
“¡Recuerda nuestro nombre! ¡No nos dejes en el olvido!”

Lucía sintió el lamento como una daga en el pecho. Clara, u otra alma silenciada, exigía justicia. El pasado, lejos de enterrarse, se alzaba para cobrar cuentas.

Revelaciones en la penumbra

Movida por una mezcla de miedo y coraje, Lucía exploró más a fondo. Tras una cortina de terciopelo en la biblioteca, halló una cámara oculta. Dentro, un cofre de roble albergaba cartas desteñidas, fotografías olvidadas y un cuaderno encuadernado en piel que parecía latir con su propia energía.

Allí se relataban los rituales que sellaron la maldición. Pero entre líneas, un mensaje más inquietante emergía: el mal no fue destruido, solo aplazado. En una entrada final se leía:

“Las sombras no mueren; se transforman. El espejo fue solo la primera herida en el alma de este lugar.”

Lucía comprendió que el sacrificio del profesor Anselmo había sido apenas un esbozo en una historia más profunda. El hotel no buscaba redención. Solo cobraba deudas.

El presagio del sacrificio

Esa noche, mientras la tormenta estallaba afuera, el edificio comenzó a latir. Las paredes vibraban con un murmullo sordo, como si el propio corazón del hotel palpitara. Guiada por ese ritmo, Lucía llegó a la cripta.

Allí, un altar improvisado se alzaba entre escarcha y velas extintas. En su centro, una figura de mármol suplicante. No era una escultura; era un grito tallado, un monumento al abandono.

La atmósfera se tornó densa, casi sólida. Una ráfaga invisible abrió la puerta de la cripta de par en par, y la voz volvió:
“¡Debemos pagar… nuestro tributo…!”

La advertencia era clara: el precio aún no se había pagado. El ritual anterior no había cerrado el ciclo. Solo lo había interrumpido.

El dilema inevitable

Lucía dudaba. El deber de proteger a los vivos y a los muertos la desgarraba. Horacio, en voz baja, dijo:

“Siempre hay un precio. Y este lugar no perdona las deudas.”

Sus palabras eran sentencia y presagio. Mientras Lucía tocaba la figura de mármol, comprendió que no bastaba con recordar. Había que saldar. Con algo real. Con algo vivo.

El final de una era… o el comienzo de otra

Un fulgor brotó de la estatua. Las voces atrapadas encontraron un instante para gritar al unísono. Max gruñó, protector, mientras Horacio murmuraba en lengua antigua:

“Este es el legado del olvido, la última deuda de la maldición.”

Las velas vibraron. El suelo crujió. El pasado y el presente colisionaron en una sinfonía de dolor y memoria.

Lucía apretó el cuaderno contra su pecho. Lo comprendía: el ritual final no era mágico. Era humano. Requería una ofrenda de alma. Algo que nadie, ni ella, estaba realmente dispuesto a entregar.

Y cuando la cripta tembló una vez más, una voz profunda sentenció:
“¡Vuestra deuda no se ha saldado!”

El eco se disolvió en el amanecer, dejando tras de sí la única certeza posible:
el legado del olvido había despertado. Y venía a cobrar.

Fin del Capítulo 7 (Continuará...)