Almas atrapadas

Esta historia tuvo lugar en la Ciudad de Buenos Aires. Mas precisamente, cerca de la histórica Casa Rosada.

En la zona, hasta el día de hoy, se encuentra el imponente edificio del Banco Nación. Este fue construido en el siglo XX

Julián, un joven escéptico lleno de aspiraciones, había comenzado su turno como guardia nocturno por primera vez. Había oído las historias que circulaban entre sus colegas: murmullos en los archivos, sombras y la aparición de una figura, la cual bautizaron como "La Señora de Blanco". Hizo oídos sordos a todas ellas, puesto que creía ser mas racional que un par de cuentos de fantasmas.

Se hicieron las dos de la mañana. Julián se encontraba completamente solo. Para él, ese era un trabajo perfecto. No debía interactuar con nadie, no tendría que esforzarse por agradar a nadie y no tendría que soportar a ningún jefe que le diga qué hacer o cuándo.

Un golpe proveniente del archivo interrumpió sus pensamientos. Tomó su linterna y se dispuso a revisar. Mientras se acercaba, sintió que alguien le rozó la espalda. Se dio vuelta para ver, pero allí no había nadie. El aire se volvió helado.

Recorrió con la luz aquella enorme habitación. No había nada fuera de lugar.

Sonrió levemente pensando que era víctima de sus propios pensamientos, pero en ese instante oyó un susurro en su oreja que decía “ayudanos”. Oyó un último golpe, el cual hizo que fijara su mirada en un rincón de la esquina. Allí había un baúl viejo y cubierto de polvo. Julián tuvo la impresión de que debía ver su contenido.

Mientras revisaba, se encontró con lo que parecía ser una medalla de oro, un reloj de bolsillo y un silbato, pero lo que más lo impactó fue una especie de bitácora con tapas de cuero. Se dispuso a leerla. La letra parecía escrita por una mano temblorosa. Aquello parecía una guía sobre cómo hacer ritos y pactos oscuros. Aunque Julián sentía náuseas y el pecho oprimido, no podía dejar de leer. “Yo, Horacio Bustillo, estuve en estas tierras antes que nadie. Tengo que ofrecerle almas para que él me prospere. No tengo salida. Lo único que quiere de mi es que le lleve almas. Ya no lo quiero hacer, pero no tengo salida. En este diario dejo asentado todo lo que hice, lo que vi y lo que se que funciona. Espero que algún día para mi haya perdón y paz…”

Mientras examinaba el diario, una brisa con olor pútrido llenó la habitación, y la luz comenzó a parpadear. Al levantar la mirada, el guardia vio a una mujer de pie al otro lado de la sala. Vestía un elegante traje blanco, y su cara estaba cubierta por un velo. Lo miraba fijamente. La figura no se movía, pero el aire a su alrededor parecía vibrar.

"¿Qué quieres?" preguntó, tratando de mantener la calma. La figura levantó una mano y señaló hacia una de aquellas paredes. Julián, impulsado por una mezcla de miedo y curiosidad, se dirigió al lugar. Al tirar uno de los estantes, alcanzó a ver una puerta. ésta daba paso a un túnel estrecho y oscuro. Parecía que nadie lo había visitado en décadas. Comenzó a correr a través de esa apertura. Estaba aterrado. Al final, la historia de la mujer de blanco era cierta.

Las paredes del túnel estaban llenas de inscripciones y símbolos. Llegó a una sala circular, en donde ya no había salida. En el medio, había un pedestal que sostenía un extraño artefacto: un espejo con un marco decorado con serpientes entrelazadas. Julián se acercó y, al mirarse, vio algo que lo hizo retroceder de golpe: su reflejo estaba rodeado de figuras espectrales con el rostro desencajado por el miedo. Habían niños, ancianos, mujeres, hombres, y hasta varios animales.


El diario que había encontrado mencionaba algo sobre un pacto realizado por los antiguos dueños del terreno. Según el texto, se ofrecían almas inocentes a cambio de prosperidad y protección para el edificio. Las víctimas no podían descansar hasta que el objeto maldito fuera destruido.

El joven miró cada uno de los ojos de aquellos seres con mucha pena y dolor.Eran pobres almas atrapadas.

De repente, una sombra emergió del espejo. Sintió como lo tomaba del brazo e intentaba acercarlo. En ese momento, la señora de blanco apareció por detrás. Sin pronunciar una palabra, le entregó aquel cuaderno con tapas de cuero.

Julián comprendió lo que debía hacer. Arrojó la bitácora tan fuerte como pudo y rompió el cristal en mil pedazos. La sombra lo arrojó con violencia, y tras un ruido ensordecedor como de un gran trueno, se desvaneció. El joven se desmayó, pero alcanzó a oir como una multitud celebraba con gritos y aplausos.

Ya habían pasado algunas horas. El guardia recobró la conciencia y contempló la escena. Al volver a su puesto, cerró la entrada al túnel y acomodó el estante que había tirado.

El lugar se sentía diferente. Ya no había mal olor y ya no tenía esa atmósfera densa que lo caracterizaba.


Cuando se encontró con sus compañeros, no les dijo una sola palabra sobre lo sucedido.

El joven guardia trabajó en el mismo sitio hasta jubilarse. De vez en cuando oia voces, risas, y susurros dándole las gracias.