La maldición del pueblo de los fieles

 Quiero comenzar contando que siempre fui un aventurero. Durante la semana trabajaba dando clases a chicos de primaria, pero los fines de semana me preparaba para visitar los mas alejados e inhóspitos pueblitos. No tenía mucho dinero, por lo que intentaba viajar ahorrando el máximo posible, y siempre me guardaba un extra para poder viajar mas lejos en mis vacaciones.

Nunca antes había pasado por algo similar a la historia que voy a narrar. Muy por el contrario, siempre me sentí muy seguro, ya que, en los lugares que concurría, la gente solía ser muy amable.

Era pleno enero. Las clases oficialmente habían terminado, y yo ya contaba con todo mi kit para emprender un nuevo rumbo.

Tomé un tren que salía de Buenos Aires muy temprano por la madrugada, y tras hacer diez horas de viaje, y tras haberme tomado dos buses más, llegué a mi destino.

No nombraré al pueblo, ya que mi intención no es alentar a los demás a que comprueben mi relato.

Mi primera impresión fue que el lugar estaba completamente vacío. Las calles eran de tierra y estaba tupida de pasto y árboles. Las casas estaban en un estado deplorable, pese a que allí vivían familias.




Caminé un buen rato, y vi con la luz del atardecer que la gente cerraba las cortinas y las ventanas a medida que yo pasaba. Me dispuse a golpear las manos en una de esas casas. Salió a ladrar un perro enorme, que además, tenía sobrepeso. No esperé mucho cuando salió una pareja de ancianos. “¿Qué desea, joven amigo?” me preguntó el señor.

“Está por anochecer y quería saber si saben de algún hospedaje por acá cerca”. Yo sabía muy bien que en ese tipo de lugares no había hospedajes, y, por lo general, la persona a la cual se lo preguntaba me ofrecía acilo a bajo costo, y muchas veces, a cambio de nada.

“Si no le molesta dormir en un cómodo sillón, en esta casa es usted más que bienvenido”, volvió a decir el anciano.

Le agradecí la amabilidad y me invitó a pasar. Antes de abrir la reja de calle, miró preocupado para todos lados, como si se tratara de una zona insegura llena de maleantes.

La casa era muy humilde. Las paredes estaban muy descuidadas, pero la pareja era muy pulcra. Estaba llena de imágenes religiosas y cuadros con textos de la Biblia.

Durante la cena, les consulté acerca de la zona. Me había parecido curioso que la gente se encerrara tan temprano. “No hay nada que temer si Dios te acompaña”, me dijo el anciano.

-        Pues espero que me acompañe- dije entonces-.Siempre recorro pueblos escondidos y nunca me ha pasado nada.

-        Cada pueblo tiene su gente, su historia, sus demonios-respondió.

La anciana lo agarró de la mano fuerte, y el anciano no siguió hablando.

A la mañana siguiente, me desperté temprano. Empecé mi caminata. Llegué a plaza central, en donde estaba lleno de chicos jugando con sus padres. Fui a comprar una botella de agua en una pequeña despensa que se encontraba en frente.

-        Ayer cuando llegué pensé que este era un pueblo fantasma, pero veo que está lleno de chicos- le dije al almacenero.

-        Nadie sale de noche, y nadie deja a sus hijos solos en este pueblo.

-        Dudo que sea tan malo, yo se reconocer un lugar seguro cuando lo veo, ya que me dedico a recorrer lugarcitos escondidos- le respondí al almacenero, no dándole importancia a lo que decía.

-        Cada pueblo tiene su gente, su historia, sus demonios- respondió.

Fueron las mismas palabras que usó aquel anciano.

Me entró la curiosidad. Quería saber cuál era “el demonio” que sometía a este pueblo.

Llegué a la iglesia principal, la cual también estaba muy descuidada. Estaba llena de estatuas, y una de ellas me llamó la atención. Era la figura de una mujer con cara de sufrimiento, con un animal en brazos. En la base se podía leer la siguiente inscripción: SED PERFECTOS, COMO EL PADRE QUE ESTÁ EN EL CIELO ES PERFECTO. Vaya frase para una iglesia.

Llegó el día domingo. Se presentó la oportunidad de conocer esa iglesia por dentro, y entablar amistad con alguna persona de allí.

Fui de visita con la pareja anciana. Todo el pueblo asistió a misa. Se veía que era un pueblo con gente muy religiosa.

Me acerqué a los niños y les entregué unas golosinas que había llevado.

-        ¿Por qué en este pueblo se tienen que cuidar tanto?, se nota que la gente es muy religiosa.

-        Porque le tenemos miedo al demonio- dijo uno de los niños.

-        El diablo no vive en pueblos tan hermosos, vivirá en lugares más feos- le aseguré.

-        No le tenemos miedo al diablo, sino al demonio de las vías- me respondió el pequeño.

No pregunté más nada. Después del mediodía logré escabullirme de la multitud, ya que yo había sido el centro de atención de la reunión por haber ido de afuera. Las personas eran muy amables y curiosas.

Como no podía ser de otra manera, averigüé hacia donde estaban las vías, y me dispuse a llegar a ellas.

Al pasar por las casas, observé que todos los perros del pueblo eran gordos, callejeros o de familia, estaban todos muy bien alimentados.

Llegué a un descampado, en donde ya no habían casas. El pasto estaba muy alto y habían árboles y enredaderas. Caminé y me adentré en esa vegetación. Llegué a las vías después de quince minutos de internarme en ese bosque.

Era un lugar muy abandonado, se notaba el paso del tiempo. Las vías estaban casi cubiertas por completo por las plantas, y habían unos vagones oxidados. Entré en uno de ellos.

Había un completo silencio. No cantaban los pájaros ni había viento. Mientras recorría los trenes, escuché que algo se revolcaba en el pastizal de afuera. Sobresaltado, salí y vi que era un perro. Me di vuelta para volver a entrar, y parado frente a mi se presentó un hombre. Estaba vestido con una capa que le cubría de los pies a la cabeza, y miraba hacia abajo.

-        ¡Fuera!- me gritó- yo no los molesto a ustedes, y ustedes no tienen por qué molestarme- dijo el hombre.

-        No lo quiero molestar. Solo estoy de visita. Verá, no soy del pueblo, y este lugar me pareció hermoso.

El hombre levantó la vista. Tenía la piel de color gris, tenía un solo ojo abierto y tenía los dientes grandes y podridos. Era un ser completamente deforme.

Traté de disfrazar el horror que sentí. El hombre me tomó de la mano y me llevó a uno de los vagones.

-        No tuve visitas en mucho tiempo. Lo invito a almorzar. Por favor, siéntase como en casa- me dijo.

Yo estaba aterrado, pero a su vez, sentía una profunda lástima. El pueblo llamó a una persona físicamente deforme como “demonio”. Eso no me parecía justo.

El hombre tomó una caja y me la alcanzó. Tomó dos tenedores y me dio uno. Abrió la caja frente a mi y salió un olor putrefacto. No se cómo describir lo que sentí cuando logré ver su contenido. Dentro había un ojo humano, una mano, pies, y mucha sangre.

Salté hacia atrás y salí lo más rápido que pude del vagón. Escuché como se reía a mis espaldas. Era una carcajada diabólica. El hombre le lanzó la caja al perro que estaba allí y comenzó a perseguirme. Corrí con todas mis fuerzas, pero parecía que me alcanzaba.




Salí del bosque y me fui a la casa de los ancianos. Entré sobresaltado. Cerramos la puerta, y por la ventana, vimos como este hombre abrió el portón y acariciaba al perro.

-        Ya es hora de irte- dijo el anciano enojado.

-        Por favor, llame a la policía- le supliqué.

-        No, la policía no viene a estos lugares. Ya no queda nadie en la estación. El demonio se los comió a todos.

El anciano abrió la puerta, y el deforme pasó.

La anciana comenzó a llorar y se acercó a él. Le tocó el rostro y dijo “pasó mucho tiempo, ¿cómo estás?”. “Muy bien, mamá”, respondió el ser. Caminó en dirección a mi, y los ancianos me miraban con pena. “Necesita comer para sobrevivir, perdónanos. Esto no estaba en nuestros planes” dijo la anciana mientras lloraba. Vi que el hombre tenía un cuchillo, y mientras me lo mostraba, se reía a carcajadas. En ese momento, vi que el cura de la iglesia estaba afuera, junto con varias familias que había visto en misa. Los feligreses entraron a la propiedad.

-        Doña Helena, ya habíamos hablado sobre esto- dijo el cura- No podemos permitir esta abominación entre nosotros.

-        Padre, por favor, es mi hijo- respondió la anciana entre lágrimas.

-        Si no apuntamos a la perfección, ¿cómo espera que Dios nos perfeccione?

La anciana, al oír esto, se arrodilló y comenzó a llorar. Aquel hombre la miraba atentamente. Noté que también lloraba. La gente lo miraba con desprecio.




Empezaron a cantar un coro muy tétrico entre todos. No recuerdo bien, pero algunas frases decían “somos el pueblo escogido….la perfección nos dará vida eterna… somos representantes de la luz y de la divinidad…el demonio será apartado con su maldición…”.

Me aparté e esa gente tan rápido como pude. Seguía escuchando ese canto aún a tres cuadras de distancia. El micro que me sacaría de ese lugar pasaba una vez al día. Eso no me detuvo. Seguí corriendo. No se cuánto tiempo pasó, solo sé que llegué a una estación de servicio en donde me asistieron y me curaron las heridas de los pies que me provocó aquella huida. Los que allí trabajaban me llevaron a otro pueblo cuando terminaron su turno.

Volví a mi casa. Me encerré y no pude volver a salir por varios meses. Cuando al fin lo hice, fue para pedir ayuda en terapia.

Ya pasaron varios años de aquel suceso de terror. Ya estoy casado y tengo un hijo. No concibo la idea de que un padre abandone a su hijo.

Por las dudas, nunca lo dejo solo. Como bien sé, cada lugar tiene su gente, su historia y su demonio.

Escrito por EUGENESIA