El pacto con los espíritus

 





Hola. Me gustaría mantener el anonimato. Esta historia es muy fuerte, y no quisiera meter a nadie en problemas.

Todo empezó cuando yo tenía diecinueve años. En aquel entonces, era una joven muy aplicada. Estaba estudiando en la universidad.

Di con un muchacho muy carismático. Nos hicimos muy amigos enseguida. Él venía de una familia muy adinerada. Tenían varias empresas en el exterior. De ahora en adelante, lo llamaré Pablo.

Mi amigo Pablo jamás se privó de nada. Todo lo que quería, lo compraba. Era además muy generoso. Todas las personas que estábamos en su círculo lo queríamos, no solo por eso, sino por su buen humor, su sentido humano e inteligencia.

Ambos éramos hijos únicos, y siempre habíamos querido tener un hermano. Encontramos entre nosotros ese cariño fraternal.

A Pablo le gustaban los hombres, es por eso que jamás mi conservadora familia se opuso a nuestras reuniones nocturnas, en las cuales estudiábamos, mirábamos películas, y hablábamos acerca de todo.

 Recuerdo que era una noche de verano. Hacía mucho calor, por lo que nos reunimos en su casa a estudiar para un examen, ya que él tenía aire acondicionado.

Pasada la medianoche, nos distrajimos. Comenzamos a hablar y a dejar los libros de lado.

“Debe ser muy bueno no tener que preocuparte por la economía. A mi no me falta nada, pero mi familia siempre está ajustada por apoyarme en los estudios”. Le dije luego de una larga conversación. Pablo sonrió. “Podés hacer cualquier cosa si tenés contactos”, me respondió.

Lo miré sorprendida. Sabía que su familia era demasiado honesta como para hacer cosas ilegales. “No me mires así, no estoy hablando de nada turbio. Te voy a presentar al grupo este mismo viernes”.

No sabía de qué grupo me hablaba, pero acepté. Pensé que se trataba de un grupo de excéntricos millonarios con oportunidades laborales para ofrecer, o algo así. Me pidió que no le contara a nadie acerca de esa invitación. En realidad, el grupo no aceptaba visitas, pero como ya les había hablado de mí, querían conocerme.

Llegado el día, fui a ver a Pablo al atardecer. La reunión era a las diez de la noche, pero la idea era que llegáramos juntos. Yo no sabía a dónde íbamos ni cuál era el camino.

Estaba muy nerviosa. Mi amigo estuvo callado mientras manejaba para llegar.

Estacionamos. Era una mansión enorme dentro de un barrio privado. Parecía que había pocas luces prendidas en el interior, y había mucho silencio. Solamente alcancé a ver que había autos de alta gama.



Pablo tocó la puerta y nos atendió un señor muy alto, canoso, con los ojos verdes. Me miró y sonrió.

Al entrar, había un grupo de gente vestida de gala, sentada mirando hacia un escenario. Estaban todos callados. Pablo me llevó adelante y me indicó en qué silla tenía que sentarme.



El mismo señor que nos abrió la puerta se paró en el escenario. Al fin, rompió ese silencio incómodo. “Bienvenidos una vez más al círculo. Por favor, apaguen los teléfonos, y que nadie se distraiga. Hoy integraremos a un nuevo miembro. Los espíritus la trajeron hasta nuestro grupo. Por favor, que suba al escenario para hacer el voto”.





Antes de que me diera cuenta, Pablo me tomó del brazo y me acompañó hasta el escenario. Me paré en frente del señor canoso. El señor se sentó en una especie de trono que estaba allí. Cerró los ojos y comenzó a recitar palabras en otro idioma.

Cuando abrió los ojos, hablaba con una voz diferente más gruesa. Se paró en frente mío y me dijo “mucho gusto. Hace tiempo que quería conocerte. Tenés todo lo necesario para caminar en nuestros caminos. Si le sos fiel al círculo, jamás te va a faltar nada y no habrá nada que temer”.

Si se trataba de un grupo con privilegios, sinceramente si quería pertenecer. “Yo soy el espíritu del oro. Me presento todos los viernes para estar con mis seguidores”, me dijo.



A partir de allí, comenzó mi fidelidad hacia el grupo. Me gustaba mucho pertenecer a un lugar tan exclusivo.

Las reuniones consistían en sentarse a escuchar lo que decía el anfitrión. A veces nos dejaba tarea como, por ejemplo, enterrar algo en una maceta, llevar amuletos, recitar palabras en latín a cierta hora, etc. Yo obedecía todo. Aquello me parecía benigno pero emocionante.

Llegué a rangos muy altos en el grupo. Llegué a ser la preferida de aquel “espíritu del oro”, como se hacía llamar. Me casé con él en una ceremonia simbólica y me colocaron una alianza, a través del cuerpo de aquel hombre que me había abierto la puerta por primera vez.

En todo lo que emprendía me iba bien. Llegué a ganar muchísimo dinero, tanto que no lo podría contar por acá. Pero eso no fue todo. Comencé a notar que tenía poderes. Cada vez que deseaba algo se cumplía. Cuando odiaba a alguien, le pasaba algo malo.

Con el pasar de los años, me convertí en una figura importante de aquel grupo de personas. Viajaba por el mundo visitando congregaciones y enseñando acerca de las prácticas ocultas que allí se practicaban, y yo a su vez, tenía a mis propios maestros, que eran aún más poderosos. Mantuve el contacto con mi amigo Pablo, y ambos fuimos adultos muy exitosos.

El lado malo de la historia comenzó cuando conocí a mi novio Julián.

Era un hombre muy bueno. No sabía nada acerca de este mundo al que yo pertenecía. Para él, yo era asesora financiera en una empresa multinacional. Me pesaba mentirle, pero el pacto que tenía con la organización era sagrado y ultra secreto.

El primer episodio sucedió al año de haber empezado la relación.

Era una noche de invierno. Él se había quedado a dormir en mi casa. Era de dos pisos, muy lujosa, y el terreno era inmenso y tupido de árboles.

Nos fuimos a dormir temprano. Me desperté a las tres de la mañana con mucha sed. Bajé las escaleras para dirigirme a la cocina. Sentí que había pisado agua, pero cuando miré mis pies al prender la luz, ví que aquello era sangre. No había rastros de sangre en ninguna otra parte de la plata baja.

Fui al baño para lavarme, y desde afuera, escuché voces de personas, como si hubiera un tumulto. Al abrir la puerta, no había nadie.

Caminé por la casa sin prender la luz, para corroborar que no había intrusos. Cuando estaba por subir las escaleras de nuevo, vi en el otro extremo de la sala una silueta de un hombre alto que caminaba hacia mi. Con la poca luz que había, pude distinguir que era musculoso y tenía una cabellera con rulos. Me abalancé sobre la llave de luz, pero al encenderla, no había nada. No era la primera vez que me pasaba algo paranormal, pero aquello me dio mucho miedo.

Al llegar a mi habitación, me encontré al hombre ese parado al lado de mi novio que aun seguía durmiendo. Encendí la luz. Este hombre era blanco, alto, y tenía el torso desnudo. Clavó la mirada en mí. Parecía enojado. Intenté hablar, pero sus ojos me quitaban la voluntad. Me hizo un gesto de negación con la cabeza y desapareció.

Me dió taquicardia. Me temblaban las piernas. Esa presencia era muy poderosa y oscura.

Al día siguiente, asistí al círculo de ocultistas. Cuando me dirigía al escenario, noté que todas las personas presentes me miraban mal.

El maestro de ceremonias entró en trance, y el barón del oro se presentó a través de él.

Esta vez, la reunión fue dirigida hacia mí. “Todo lo que tenés es gracias a mi. Tu fidelidad tiene que ser hacia mí. Vas a perder todo si te olvidas de que estamos casados”.

Entendí que el espíritu me estaba advirtiendo.

No le hice caso. Continué con la relación. Yo quería mucho a Julián. De ser necesario, estaba dispuesta a dejarlo todo por él. Además, ya me tenían cansada. Había estado metida dentro del ocultismo la mayor parte de mi vida. Para los que no saben, se necesita mucha disciplina.

Fue así que a la mañana siguiente no asistí. Le dije al anfitrión que estaba enferma.

Ese día me quedé en mi casa.

Estaba tirada en el sillón mirando una película, cuando escuché pasos en el piso de arriba. Pasaron de un lado a otro de la planta alta, y luego bajaron las escaleras. Junto con ese sonido, alcancé a escuchar que se le caían monedas al piso. Una de ellas rodó y llegó hasta donde estaba yo. Levanté la vista, y de nuevo me encontré con ese personaje que se presentó cuando estaba con Julián.

Clavó su mirada en mí, y me empecé a sentir mal. Ese hombre tenía los bolsillos repletos de monedas de oro. Me di cuenta de quién era en ese instante. En un impulso, salí corriendo hacia el jardín, pero el personaje se me adelantaba, se presentaba parado frente a mi. Me saqué el anillo que había llevado por años y se lo arrojé a él. Llegué a la puerta de calle, salté sobre él y me escapé.

Llegué hasta la casa de Pablo, quien para ese entonces era todo un líder ocultista.

Le comenté que ya no quería seguir en el grupo y que quería hacer mi vida con Julián.

Pablo me miró, y a sus espaldas, alcancé a ver de nuevo a aquel espíritu con el que me había casado. Se metió la mano en el bolsillo y me devolvió el anillo.

“Ya sabes que esto es de por vida amiga. Vos ya estás casada, no tenés otra opción más que aceptar tu camino”, me dijo. La entidad que estaba detrás de él estiró el brazo para agarrarme, pero salí de su presencia y me encerré en un cuarto. Al encender la luz, vi que aquel lugar estaba lleno de estatuas y, frente a ellas, ofrendas de velas, comida, alcohol, y otras cosas que no se pueden contar. La situación me desbordó y comencé a llorar.

Pablo abrió la puerta y entró. “Nadie puede entrar acá. Estos son los sacrificios que tenemos que hacer para llevar la vida que queremos. Nada es gratis en la vida”, me dijo Pablo. Vi que llevaba un cuchillo escondido. Lo miré horrorizada y salí de ahí corriendo.

El espíritu me estaba esperando afuera, pero pasé frente a él tan rápido como pude, y le tiré el anillo otra vez con todas mis fuerzas.

Corrí hasta la casa de Julián. Le conté todo lo que pasó y por primera vez, toda la verdad. Miré por la ventana de su living hacia la calle, y vi que de un auto bajó Pablo.

En ese momento, vi como la entidad apareció frente a nosotros y se acercó a mi novio. Lo tomó del cuello y lo apretó.

Julián dejó de respirar ese 14 de Julio de 2002 a manos del barón del oro. Luego de eso, el espíritu desapareció.

Pablo golpeó la puerta. Me gritó que me fuera, que agarre lo que pueda, y que no vuelva a aparecer. El grupo de gente era muy poderoso, y tenía órdenes directas de los espíritus para acabar conmigo.

Salí de allí con lo que llevaba puesto. No tenía un solo centavo en el bolsillo, pero corrí lo más que pude. Hice dedo, me fui de un lado a otro. Me fui del país.

Nunca más pude volver a tener estabilidad en algún sitio. No me volví a enamorar, ni me atreví a iniciar ninguna relación.

De vez en cuando, hurgando en la basura buscando qué comer, o entre las hierbas en las cuales me acuesto, encuentro el anillo. No lo toco, ni me interesa hacerlo.

No cambio la poca paz que logré tener en estos últimos años ni por todo el oro del mundo, aunque a veces no puedo respirar, y tengo pesadillas. Igualmente soy consciente de que haga lo que haga, no seré capaz de romper ese pacto con los espíritus.

ESCRITO POR EUGENESIA